La Cooperación Internacional nació y se expandió en un contexto geopolítico relativamente ordenado, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial y durante el periodo posterior a la Guerra Fría. La premisa era simple: estabilidad global mediante desarrollo. Hoy esa premisa está bajo presión por una transición hacia un sistema más fragmentado, multipolar y altamente competitivo en términos de financiación internacional.
Desde principios del siglo XXI, las cumbres sobre financiación del desarrollo se constituyeron en los principales espacios internacionales para debatir cómo movilizar recursos y garantizar un desarrollo sostenible, consolidando el papel de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) y la relación entre donantes y países receptores.
En Monterrey (2002), donde se realizó la primera de estas cumbres, se enfatizó la necesidad de movilizar recursos internos, mejorar el comercio internacional, gestionar la deuda externa y fortalecer la AOD. En ese momento, la condicionalidad de la ayuda seguía siendo relativamente rígida.
Posteriormente, en Doha (2008), en el contexto de la crisis financiera global, se reafirmaron compromisos y se empezó a cuestionar la condicionalidad tradicional, reconociendo que las imposiciones externas podían limitar la eficacia de la cooperación internacional.
En Addis Abeba (2015), el enfoque se amplió más allá de la AOD, incorporando inversión privada, recursos internos y mecanismos innovadores de financiación, alineando la cooperación con estrategias nacionales de desarrollo sostenible.