COOPERACIÓN INTERNACIONAL Y ORGANIZACIONES SOCIALES: CÓMO ADAPTARSE A LAS NUEVAS REGLAS DEL JUEGO

Los cambios que atraviesa actualmente la cooperación internacional ya tienen efectos concretos sobre las organizaciones sociales, las ONG y las entidades que trabajan en procesos de desarrollo. La reducción de algunos recursos tradicionales, la aparición de nuevos mecanismos de financiación y el aumento de las exigencias técnicas están transformando la manera en que se diseñan, gestionan y financian los proyectos y esto para muchas organizaciones, representa uno de los mayores desafíos de las últimas décadas.

Durante años, numerosas organizaciones en Colombia desarrollaron su trabajo apoyadas en convocatorias internacionales, alianzas con agencias de las Naciones Unidas, programas de cooperación bilateral y recursos provenientes de organismos multilaterales. Aunque el acceso a estos recursos nunca fue sencillo, existían reglas relativamente estables y dinámicas que permitían anticipar tendencias y planificar procesos de mediano plazo.

Hoy las condiciones son diferentes, el número de actores que compiten por recursos ha aumentado de manera significativa y, al mismo tiempo, se ha diversificado. Junto a las ONG tradicionales participan gobiernos locales, universidades, fundaciones empresariales, empresas sociales, centros de investigación, startups de impacto y alianzas multiactor que buscan responder a los mismos desafíos del desarrollo.

Los financiadores también han modificado sus criterios de evaluación. Actualmente demandan resultados verificables, evidencia de impacto, modelos de intervención escalables, sistemas sólidos de monitoreo y evaluación, así como mayores estándares de gobernanza, transparencia y rendición de cuentas.

Como consecuencia, muchas organizaciones con una amplia trayectoria en el trabajo territorial encuentran mayores dificultades para acceder a recursos. No necesariamente porque su labor haya perdido relevancia o impacto, sino porque el entorno exige capacidades técnicas, administrativas y estratégicas cada vez más sofisticadas.

La Agenda 2030 enfrenta limitaciones reales

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) constituyen una de las apuestas más ambiciosas construidas por la comunidad internacional para enfrentar desafíos globales como la pobreza, la desigualdad, el cambio climático y la exclusión social, sin embargo, a pocos años de cumplirse el plazo establecido para su implementación, los avances muestran resultados desiguales.

La pandemia de COVID-19 alteró significativamente el ritmo de progreso en numerosos países y puso en evidencia la fragilidad de muchos sistemas económicos y sociales. A esto se suman conflictos armados, crisis humanitarias, tensiones geopolíticas y dificultades económicas que han desplazado recursos y atención hacia otras prioridades y la magnitud de los retos continúa creciendo mientras la disponibilidad de recursos no avanza al mismo ritmo. Además, persiste una fragmentación de esfuerzos entre múltiples actores y una tendencia a privilegiar indicadores de corto plazo sobre transformaciones estructurales de largo alcance, arrojando como consecuencia, una tensión permanente entre las metas propuestas y la capacidad real para alcanzarlas.

Colombia ante un nuevo escenario

Colombia ha sido durante años uno de los principales receptores de cooperación internacional en América Latina. Programas relacionados con desarrollo rural, construcción de paz, fortalecimiento institucional, derechos humanos, atención a población migrante y sustitución de economías ilícitas han contado con importantes aportes de la comunidad internacional, sin embargo, el país también ha cambiado.

Su clasificación como economía de renta media ha reducido el acceso a ciertos mecanismos tradicionales de ayuda y ha incrementado las expectativas sobre su capacidad para movilizar recursos propios. Aunque la cooperación internacional continúa presente, los recursos tienden a estar más focalizados, responden a prioridades específicas y exigen mayores niveles de especialización por parte de las organizaciones ejecutoras.

Esto plantea un doble desafío para las organizaciones sociales: competir por recursos más limitados y, al mismo tiempo, fortalecer sus capacidades de sostenibilidad institucional y financiera. La dependencia excesiva de una única fuente de financiación se ha convertido en un riesgo cada vez más evidente, por esa razón, muchas organizaciones están explorando nuevas estrategias para diversificar ingresos, fortalecer alianzas y construir modelos más resilientes frente a los cambios del entorno.

De la ayuda a la inversión de impacto

Uno de los cambios más significativos de los últimos años no está relacionado únicamente con el volumen de recursos disponibles, sino con la forma en que se concibe la financiación del desarrollo. La cooperación internacional está evolucionando desde modelos centrados principalmente en la ayuda hacia esquemas que buscan combinar impacto social, sostenibilidad económica y generación de valor en el largo plazo; cada vez son más frecuentes herramientas como la inversión de impacto, los mecanismos de financiamiento mixto, los fondos rotatorios, los bonos de impacto social y los modelos de financiación basados en resultados.

En este contexto, ya no basta con demostrar que un proyecto genera beneficios sociales. También es necesario mostrar cómo esos resultados pueden sostenerse en el tiempo, cómo se fortalecen las capacidades locales y qué mecanismos existen para garantizar la continuidad de los procesos una vez finaliza la financiación inicial.

Los modelos híbridos, que combinan recursos de cooperación, inversión privada, generación de ingresos propios y alianzas estratégicas, comienzan a ganar terreno frente a iniciativas que dependen exclusivamente de donaciones.

¿Qué necesitan hacer las organizaciones?

La adaptación no ocurre de manera espontánea. Requiere decisiones, inversiones y cambios concretos, las organizaciones no solo necesitan fortalecer sus capacidades de formulación y gestión de proyectos, requieren incorporar sistemas rigurosos de monitoreo y evaluación, mejorar sus procesos administrativos y financieros, y desarrollar estrategias que les permitan diversificar sus fuentes de financiación; también resulta cada vez más importante invertir en gestión del conocimiento, transformación digital, uso estratégico de datos e incorporación de nuevas tecnologías que faciliten la toma de decisiones y aumenten la eficiencia organizacional.

De igual forma, la construcción de alianzas multiactor adquiere una relevancia creciente. Ninguna organización, por sólida que sea, puede responder por sí sola a problemas complejos como la pobreza, la desigualdad, el cambio climático o la construcción de paz. La articulación con otros actores permite compartir capacidades, ampliar el alcance de las intervenciones y generar mayores oportunidades de financiación e innovación.

No se trata pues de abandonar la misión social ni de sustituir los principios que han orientado históricamente el trabajo de las organizaciones, se trata de complementarlos con herramientas de gestión que permitan sostener esa misión en un entorno más competitivo y exigente.

Un desafío que también representa una oportunidad

La crisis de la cooperación internacional suele analizarse únicamente desde la perspectiva de la reducción de recursos. Sin embargo, también pone en evidencia limitaciones que durante años estuvieron presentes en muchos modelos organizacionales: dependencia financiera, baja diversificación de ingresos, escasa inversión en fortalecimiento institucional y dificultades para garantizar la continuidad de los procesos una vez concluían los proyectos y esto brinda la oportunidad de repensar estas dinámicas.

La pregunta ya no es si la cooperación internacional está cambiando, de hecho la transformación está en marcha. La discusión de fondo es si las organizaciones están preparadas para desenvolverse en un contexto donde el impacto debe demostrarse con evidencia, la sostenibilidad debe planearse desde el inicio y la capacidad de adaptación se convierte en un factor determinante para mantener la relevancia institucional.

Las organizaciones que comprendan estas nuevas dinámicas estarán mejor preparadas para construir alianzas, identificar oportunidades y continuar contribuyendo al desarrollo de los territorios. El contexto es más complejo que hace algunos años, pero también abre espacios para la innovación, el aprendizaje y la construcción de modelos organizacionales más sólidos y sostenibles.

Orlando Hernández González